A estas alturas, creo que no soy tan lila como para pensar que el que un mequetrefe como yo decida no volver a comprar en su puta vida en Alcampo le puede hacer ni cosquillas a un gigante de la alimentación como éste. Sin embargo, mi gran amigo lector, me va a permitir usted que me desahogue y, de paso, si a alguien convenzo para que me siga en esta absurda guerra de David contra Goliat, pues eso que me llevo.Como consumidor, como ciudadano y como empresario, uno de los grandes misterios del universo es, para mí, el por qué algunas empresas se empeñan en darle por el saco a sus clientes, cuando les costaría muy poco trabajo hacerles felices y provocar que piensen que son importantes para él, aunque sea mentira.
La sobremesa ha tenido, hoy, para mí, un sabor agridulce. Agrio porque después de tener hecha mi compra, una compra llena de ilusión y felicidad puesto que estaba compuesta prácticamente al 100% de regalos dirigidos a buena gente, no he tenido más remedio que devolvérsela a los señores de Alcampo. Dulce porque me he dado el gustazo no sólo de devolverla íntegra, sino de irme luego a la competencia, para comprar exactamente lo mismo, por un precio muy parecido y encima con el placer de que me traten, no como a un marahá ni como a un jeque árabe; sencillamente como a un cliente.
El motivo de la movida no es nuevo. Ya me ocurrió una vez, con estos señores de Alcampo; pero los duros de mollera como yo necesitamos varios golpes para escarmentar. Y no descarto que éste no sea el definitivo.
El caso es que después de haberme gastado más de 300 pavos en el magnífico supermercado que estos señores tienen en la Avenida del Mediterráneo, en Almería, me he dispuesto a pedir la correspondiente factura de aquellos artículos que he comprado como empresa, por tratarse de regalos de ‘ídem’.
La señorita que me ha atendido en la caja general, una chica agradable y con una paciencia de santa, me ha comunicado que para poder facturarme tenía que presentar por escrito mi NIF, puesto que son ‘normas de la casa’.
En vano he tratado de hacer entender a la simpática joven que el facturar no es ningún favor ni un hecho extraordinario que debían hacer por mi cara bonita, sino una obligación de toda empresa. Pero nada.
Como soy experto en estas trifulcas consumidor-empresa, casi sin pestañear he pedido la presencia del superior a esta chica. No sé en qué ni por qué será superior el tipo que ha aparecido tras unos minutos, puesto que físicamente no había color y en cuanto a atención al cliente, un abismo a favor de ella frente a él.
Se suponía que vendría alguien con algún tipo de argumento que explicara por qué esta gran cadena se pasa por el forro la ley que nos obliga a todos los empresarios a facturar, pero en su lugar ha venido un ‘premio Nóbel’ que se ha contentado con decirme exactamente lo mismo, “normas de la casa” y que, “si no está conforme, rellene una hoja de reclamación”, al tiempo que ha puesto pies en polvorosa sin despedirse y sin dejarme responder. Un prodigio de atención al cliente, el muy pazguato.
Eso sí, le he hecho caso. He rellenado pacientemente la hoja de reclamaciones y, además, por si se le había olvidado pedírmelo, también he tenido los santos cojones de bajar al aparcamiento, subir toda mi compra de más de 300 pavos y pedir muy graciosamente que me devuelvan mi dinero. Fíjense qué manera más simpática han tenido estos tíos de Alcampo de dejar de ingresar unos cientos de euros esta tarde. Supongo que el catedrático que me ha atendido va a cobrar lo mismo, a pesar de haber sido decisivo no sólo para que devuelva mi compra sino para no volver por allí hasta que a él no le brote su segunda neurona, por arte de magia. Ah, se me olvidaba: ¡en Carrefour se han puesto de un contento que para qué las prisas!