Ya tenía yo pensado con qué darles el coñazo hoy cuando, en mitad de mi frugal y dominical desayuno, ha caído en mis manos uno de ésos artículos que solemos escribir los seres humanos, terciando y opinando sobre aquello de lo que no tenemos ni la más repajolera idea, pero con los que pensamos que quedamos como un señor; y luego nos fumamos un puro.El tipo en cuestión, columnista de Público, se viene a quejar de que el gobierno ha anunciado que, a partir de ahora, los malos gestores van a poder pasar por el banquillo del tribunal penal; o dicho de otro modo, que el que utilice la caja de todos los españoles para despilfarrar y gastar por encima de lo que se ingresa, se las tendrá que ver con la justicia que nos representa a los dueños de la pasta, que somos usted, yo y el resto de nuestros paisanos.
A simple vista, lo que cabrea de la medida en cuestión es que no llegara antes, ya que implica que hasta ahora ha habido algunos (serán los menos), que se han dedicado a gastar sin miedo y con todo el desparpajo, independientemente de si había algo detrás para cubrir esos cheques que se extendían tan alegremente. Y que a esos tipos, que nos han dejado como el gallo de Morón, sin plumas y cacareando, hasta ahora no se les podía meter mano penalmente (término que no tiene nada que ver con el pene, vayamos a leches).
Lamenta, el escribiente, un buen escribiente eso sí, Antonio Orejudo, que se va a imponer por ley el déficit cero, es decir, que aquellos a los que ponemos a cargo de nuestra caja de caudales deberán gastar justo lo que hay en ella o (esto ya son términos económicos que seguramente sonarán a chino al señor Orejudo) sólo aquello que haya previsiones técnicas de poder devolver.
Para este señor y para todos aquellos que le han aplaudido en internet (plas, plas, plas), adecuar el gasto al ingreso es signo de ser un neoliberal, término cuyo significado cada día me ofrece más dudas, pero que debe ser un liberal de toda la vida, pero nuevo. ¡Albricias! Al final resulta que todo este debate no es económico sino político, que detrás de todo está la maldita ideología, esa dictadura que nos impone nuestra opinión, por encima de la razón.
En el colmo del disparate económico, el señor Orejudo le dice al ministro de Economía que si no ha oído hablar de las hipotecas y los préstamos para comprar un coche. Debe ignorar, el insigne escritor, lo que le pasa a uno si contrae una hipoteca o un préstamo y se permite el lujo de no calcular que vaya a ingresar lo suficiente para pagarlo; que será lo mismo que nos pase a los españoles si nuestro país sigue gastando por encima de sus posibilidades.
Termina, el sensacional narrador, aseverando que un Estado no es una empresa. Es de suponer que habrá llegado a esa conclusión él solito. Pero yo digo más: la diferencia es que en una empresa, como en una familia, si el gestor gasta más de lo que ingresa o de lo que puede ingresar para devolver los préstamos, se las termina viendo con la ley; mientras que en un Estado, hasta ahora, los señores gestores se iban de rositas después de dejarnos el mojón en nuestro cuarto de baño.
Termino, no sin antes añadir que está estupendo esto de que todo el mundo hable de lo que le salga de las meninges, pero el problema es que hay alguna gente, pocos, que luego van y lo leen; y es más, hasta se lo creen. Y como esto siga así, es posible que un día nos veamos pegándonos tiros en la calle por un mendrugo de pan. Entonces será el momento de hacer un monumento al señor Orejudo, a los de Público, a los del 11-M y a sus parientes más cercanos. Verás qué risas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario